23.12.07

 

CARTA Nº 1622-CÁNCER Y CHAPAPOTE

En el año 2002, con 61 años, acudí como voluntario a Galicia, debido a las llamadas de auxilio que desde diferentes medios se hacían, para paliar la tragedia provocada por el vertido de fuel-basura del buque chatarra Prestige. Fui con un grupo de 120 jóvenes, en un tren pagado por nosotros mismos. Nos destinaron a las playas de Doniños en el Ferrol. Eliminamos chapapote, y las llamadas galletas, millones de bolitas de asqueroso y pegajoso producto. Nos dieron un mono blanco, unas gafas, guantes, pantuflas y una máscarilla. Trabajamos durante dos días de rodillas. Trasladé unas 10 pesadas cubetas de goma llenas hasta los topes. El frío, el fuerte viento y la lluvia no frenó el trabajo que nos impusimos los voluntarios. No fue en primera línea del negro chapapote, pero pasamos lo nuestro. Limpiamos todo lo que pudimos y dejamos la playa con lágrimas en los ojos, al ver que entre las rocas y las aguas rebeldes los soldados seguían con su tarea, con palas y cubos. Dormimos en las viejas instalaciones del Cuartel de la Marina y fuimos muy bien tratados.
Al cabo de unos años se suscitó que la manipulación del chapapote podía conllevar riesgo de cáncer, según algunos epidemiólogos. Diversos estudios se realizaron sobre estas incidencias de contaminación, áreas afectadas, salud mental (estrés postraumático) y mortalidad. Y sus efectos a largo plazo según la cantidad de tiempo e intensidad expuestos. Al año siguiente me sobrevino una fuerte alergia que traté con vacunas especiales. Perdí olfato y sabor. En el año 2005 se me diagnosticó un cáncer de próstata, en estado avanzado con metástasis ganglionar. Del que estoy en tratamiento con difícil pronóstico de cura o de esperanzas de solución. Los tres tratamientos de quimio, radioterapia y centenares de pastillas no dan con la solución. Según el mismo doctor “es una asquerosa enfermedad” que no podemos con ella. Tengo unas secuelas de esos agresivos tratamientos químicos que me han hecho polvo toda mi estructura. Dedos con sensibilidad eléctrica, lengua picante, pies hinchados y calor o frío descompensados. Pero sigo en la lucha de enfrentarme optimista a todo lo que se avecina.
No quiero relacionar chapapote y cáncer porque ignoro el tema, pero las noticias han regresado a los medios de información y vuelven a preocupar. Sería interesante conocer a nivel nacional cuantos voluntarios creen que pueden haberse visto afectados con cáncer u otras enfermedades, al estar en contacto con el chapapote. Y como pudo afectar a la salud de los ciudadanos que se volcaron en la ayuda solidaria y altruista hacia un pueblo que necesitaba las manos de miles de voluntarios. Además del último testimonio de reconocimiento que se hizo en el Ayuntamiento de Muxia a todos los voluntarios, pienso que nos merecemos un estudio sobre el tema.
ABRAHAM MÉNDEZ RAMOS

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